5 ene 2009

El mito del pueblo judío

El comportamiento de Israel en Palestina recuerda el de la Alemania hitleriana, la gran bestia negra del judaísmo, en Centroeuropa. ¿Cómo es posible esta contradicción? Creo que sólo hay una explicación: el ultranacionalismo de ambos estados. Quizá la única diferencia puede ser el hecho de que Israel se encuentra inmerso en un marco de países democráticos, sus únicos posibles aliados; pero la pulsión que le mueve, el victimismo que utiliza, es de corte nacionalista, como en el caso nazi.
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El nacionalismo se alimenta de mitos, como la misma idea de nación alemana o de pueblo judío. El pasado verano difundió el periódico Público una entrevista con Shlomo Sand, profesor de Historia de Europa en la universidad de Tel Aviv y autor de un libro que ha levantado ronchas en el mundo sionista: Cómo y cuándo se inventó el pueblo judío. En realidad, al contrario de lo que algunos han creído, no es un alegato antisemita, sino antinacionalista. A falta del libro, que no veo que haya sido publicado en español, de la charla periodística extraemos algunas ideas novedosas e impactantes. Entre ellas: una puesta en cuestión de la Diáspora, que según el historiador es un invento, probablemente de origen cristiano, –Roma no expulsaba a los pueblos sublevados y sometidos, sino que eran masacrados y vendidos como esclavos–; sostiene que los palestinos actuales son los antiguos judíos, islamizados durante la Edad Media, ya que la investigación histórica a constatado la existencia de judíos en la zona en años posteriores a la guerra. En el S.I, antes de la destrucción del Templo, ya había colonias judías por todo el mediterráneo –Pablo de Tarso difundió el cristianismo entre ellas–, lo que nos indica que la fidelidad a la tierra prometida no era tanta o, en todo caso, quedaba matizada por las necesidades del momento. Al contrario de lo que siempre creímos, el judaísmo tuvo épocas de proselitismo que lo difundió por Asia central, de donde pasaría a Europa oriental (Rusia, Polonia), y el Norte de África, desde donde alcanzaría a la Península, especialmente con el Islam. Así que el origen de los judíos europeos y de otras zonas no procedería tanto de una migración, como de una difusión de las creencias; de hecho existen judíos bereberes, yemeníes o negros etíopes.

La conclusión es que el pueblo judío no se remonta más allá del siglo XIX, como el resto de los nacionalismos europeos. Se forjó entonces con elementos manipulados del pasado y auténticos inventos. Para cerrar el círculo, y como cualquier nacionalismo que se precie ha de contar con una lengua propia, el hebreo, que ya era casi una lengua muerta en el S.I, y se había convertido en instrumento litúrgico –Jesús hablaba arameo–, se ha resucitado artificialmente y hoy es la lengua oficial de Israel. Un milagro no mayor que el cumplimiento del mito de la tierra prometida, origen del conflicto arabo-israelí y causa de que los palestinos convertidos en extranjeros en su propia tierra hayan sido expropiados, expulsados y masacrados por gentes recién llegadas de todas partes del mundo, cegadas por la superchería de un pacto con Dios, el viejo gran mito judío.

La ideología nacionalista del fascismo o del nazismo era de origen laico; el judaísmo tiene origen religioso, pero las consecuencias son las mismas y los paralelismos sorprendentes: la reducción de Gaza a la condición de gueto produce escalofríos porque nos recuerda el de Varsovia, donde miles de judíos fueron eliminados inhumanamente en una operación defensiva de la nación alemana. El propio concepto de gueto nació de la persecución contra los judíos, ironías de la historia.

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Ilustración: Relieve del arco de Tito con el desfile de los porteadores del botín obtenido en la guerra judía.

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