10 dic 2015

Entre el sueño y la pesadilla

El Estado nación se desmorona. La globalización no es un proyecto de fuerzas benéficas o maléficas, es un hecho, y «Europa es el único continente donde esa pérdida de poder [del Estado nación] no solo está ocurriendo, sino donde, hace más de sesenta años, se puso en marcha como una decisión política consciente, desarrollada en pasos pequeños y controlados como una comunidad de solidaridad internacional»*. La operación implicaba la superación del nacionalismo, responsable, principal o subsidiario pero indiscutible, de las últimas tragedias europeas, que superaron los límites del continente para afectar al mundo entero.


El proyecto es tan complejo como ambicioso. Hemos nacido y vivido en un Estado nación; hemos estudiado la historia desde la perspectiva del Estado nación hasta el punto de que sólo la concebimos como historia de las naciones; hemos conquistado la democracia como una hazaña nacional, la ejercemos en su marco y nos cuesta imaginarla fuera de él. Pero es precisamente ese marco el que está en ruinas o del que se pretende la superación. La democracia precisa en primer lugar de un demos, fácil de encontrar en los límites de la nación, quizás por la costumbre, pero difícil de percibir en una mezcolanza de escoceses, chipriotas, prusianos, nórdicos, húngaros, sicilianos… Las políticas dinásticas de las monarquías forzaron la convivencia de regiones diversas, entre las cuales se crearon vínculos, que, a la larga, permitieron sustituir los despotismos por parlamentarismos o repúblicas constituidas en estados nación, casi sin daño territorial, el mínimo que exigía un poco de racionalización. El salto que pide la unión continental es inmenso y problemático.

Desconcierta un futuro cuya exacta configuración nos cuesta imaginar.

Los revolucionarios franceses tuvieron claro que para construir la nación sobre las ruinas de la corona había que sustituir la organización territorial, que era expresión de las laberínticas herencias, conquistas, adquisiciones dinásticas, por una organización racional, homogénea y aséptica (departamentos con denominaciones geográficas), para que no existiera más referencia para los ciudadanos que la nación francesa. Ahora el proceso tendría que ser inverso. Para que los individuos no se sintieran huérfanos y perdidos en un territorio inusualmente extenso y diverso al diluirse el marco nacional, habría que haber revalorizado las regiones. Ha habido intentos: ya los primeros constructores de la UE (Monet) percibieron la necesidad de sustituir la Europa de las naciones por la Europa de las regiones. Sin embargo el asunto no ha llegado ni mucho menos a sus últimas consecuencias cuando nos ha asaltado este refluir del nacionalismo, estimulado por la crisis, que amenaza la propia continuidad de la UE.

Corremos ahora el peligro de quedarnos a medias en todo: por una parte no terminar de construir la UE que quedaría sólo como un gran mercado; por otra, haber contribuido a debilitar los marcos nacionales en el imaginario colectivo sólo lo suficiente como para que escoceses, catalanes, vascos… encuentren una excusa para un nuevo intento de construcción de sus propios estados nacionales, lo que no sería un triunfo del regionalismo integrador que pensaban los próceres de la unión, sino del nacionalismo disgregador y competitivo que se pretendía superar.

El sueño puede convertirse en pesadilla porque nos dormimos sin resolver las inquietudes que lo dificultaban.
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* R. Menasse, Breve historia del futuro europeo. Letras Libres, nov. 2015.


1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Un artículo brillante !


Saludos