10 jul. 2017

Pensar el Estado

Leo en José Mª Ridao que cuando la nación se convierte en un dios la historia sustituye a la teología. En efecto, para que el mito se revista de unos mínimos ropajes de racionalidad requiere de un discurso que utilice apariencia científica. Hay que entender, sin embargo, que la historia es algo mucho más modesto (en el sentido de más terrenal). Decía Marguerite Yourcenar: «[La historia] no se hace cuando se produce, sino siempre después, no pasa sino que se fabrica, no sucede sino que es algo que se inventa una vez que haya sucedido. Así que la historia es la forma que luego damos a lo que pasó, no exactamente aquello que pasó y que cuando pasaba pocas veces parecía ser historia». En definitiva, una construcción contemporánea del pasado, de la que la contemporaneidad es siempre parte indeleble. Convertida en ciencia sagrada la historia solo sirve como arma: arma defensiva a la que recurrieron insistentemente los diputados en Cádiz en 1812, justificando cualquier propuesta revolucionaria con supuestos antecedentes hallados en el pasado de los reinos hispánicos; arma ofensiva que blandían con furia los ‘apostólicos’ seguidores de D. Carlos en las guerras que trataron de cerrar el paso a la modernidad imponiendo la vuelta a una soñada edad de oro.